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The New York Times
Marzo 28, 2004

El despertar de México: el vecino distante *

Por Michele Wucker **

Cuando Coatlicue, la madre azteca de la tierra, dijo a sus 401 hijos – la luna y las estrellas – que estaba embarazada del sol, ellos en un ataque de celos le cortaron la cabeza para evitar que naciera. Sin embargo, el dios azteca del sol, Huitzilopochtli, emergió plenamente desarrollado y, acorazado y vengativo decapitó a la luna desterrando su cabeza y a las estrellas a vivir en el cielo oscuro de la noche.

La apertura de México, la narración de Julia Preston y Samuel Dillon de la lucha de una nación por la democracia, hace de ese cuento un emblema del poder en México ''de violencia de celos contraatacada por la venganza; de la insurrección de la masa controlada por el ascenso de un solo y poderoso rey, más temido que amado''. Aquí yacen los retos más grandes de la apertura de México al cambio político y económico: el miedo de que sin un líder autoritario, una población en revuelta destruiría a la nación.

Este temor explica el dominio que el Partido Revolucionario Institucional o PRI tuvo sobre México por siete décadas de gobierno esencialmente de un solo partido. El partido fue creado en 1929 luego de dos décadas de caos a consecuencia del derrumbe del dictador Porfirio Díaz y de la fallida presidencia del gentil Francisco Madero. En su quijotesco intento por una democracia, Madero cometió el fatal error de no deshacerse de sus enemigos antes de que sus enemigos le dispararan a él.

La apertura de México tiene la misma ambición y alcance que Vecinos Distantes, el monumental recuento de 1985 de Alan Riding, que como Preston y Dillon, era un ex-corresponsal del New York Times en México. Riding escribió en grandes brochazos, organizando su material por temas. En contraste, Preston y Dillon han llenado los vacíos con crudos y vibrantes detalles de la vida contemporánea mexicana. A ratos, los lectores querrían por un momento – aunque no por mucho tiempo – una elaboración más analítica como la que Riding proporcionó con generosidad. Sin embargo, Preston y Dillon compensan sus pequeñas fallas con su clásica y matizada narración.

De hecho, la diferencia en estilos reflejan los tiempos: Riding describe la administración de De la Madrid, cuando México aún parecía incapaz de salir del cerrado sistema. Preston y Dillon han tomado un México explosivo, donde muchas realidades previamente escondidas son ahora ventiladas.

En el 2000, los mexicanos eligieron a Vicente Fox en forma aplastante, sacando así al PRI. Este extraordinario evento tuvo lugar cuando Latinoamérica estaba perdiendo fe en la democracia. Según la compañía de investigación Latinobarómetro, el número de latinoamericanos que creen que la democracia es la mejor forma de gobierno bajó del más del 60 por ciento a finales de los noventa a sólo el 48 por ciento en el 2001. México fue uno de los pocos países donde el apoyo a la democracia aumentó.

Era mucho lo que estaba en juego para Fox, un extrovertido ex-ejecutivo de Coca-Cola del Partido de Acción Nacional o PAN. También altas eran las expectativas, a pesar de los pronósticos: el nuevo presidente enfrentaba una corrupción atrincherada, una burocracia llena de fieles del PRI, un sistema judicial socavado por traficantes de drogas e instituciones tan dependientes del PRI que la cámara de diputados no tenía ningún tipo de proceso para asignar comités cuando el PRI no tenía una mayoría.

Dados estos obstáculos, los mexicanos se desilusionaron pronto de su nuevo gobierno. Una reciente encuesta de Latinobarómetro ha demostrado que más mexicanos aprobaron su ''democracia'' en 1996 – bajo el PRI – que en el 2003. De acuerdo a lo que dicen Preston y Dillon de cómo México llegó ahí, cualquier otro resultado habría sido una sorpresa, ya que el mayor obstáculo para un futuro democrático de México yace en su pasado autoritario. Los autores citan al intelectual mexicano Carlos Fuentes, quien ha dicho que el presente es la mera acumulación de objetivos frustrados del pasado: ''No hay un tiempo en particular: todos nuestros tiempos están vivos, todos nuestros pasados están presentes''.

Quizás uno de los más poderosos recuerdos en la mente de los mexicanos es la masacre del 2 de octubre de 1968, cuando tropas del gobierno le dispararon a un grupo de ciudadanos que protestaban contra las políticas del presidente Gustavo Díaz Ordaz. La masacre tuvo lugar, apropiadamente, en la plaza que conmemora la batalla de Tlatelolco, en la cual los conquistadores españoles derrotaron a Cuauhtémoc, último emperador azteca. Preston y Dillon son particularmente buenos en mostrar cómo estos eventos de Tlatelolco se convirtieron en una presencia viviente en la lucha de México por la democracia en las siguientes tres décadas.

La mitología azteca cuenta que el mundo fue creado y destruido cuatro veces antes de su actual reencarnación, la cual sería destruida a su vez por un terremoto. En este sentido el terremoto de 1985 que devastó la Ciudad de México destruyó un mundo: el de un gobierno que muchos mexicanos creían que nunca se resquebrajaría. El terremoto literalmente destapó evidencia del pasado represivo de México: siete cuerpos que los médicos forenses encontraron que fueron torturados. Unos edificios cerca de la masacre del 68 se debilitaron y cuando uno de ellos se derrumbó, los residentes del vecindario crearon un movimiento en toda la ciudad para protestar la falta de ayuda del gobierno.

Movimientos similares trajeron cambios a mayor escala. En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas – nombrado así por el último emperador azteca, e hijo del primer líder del partido de gobierno – personificó las esperanzas de la oposición en las elecciones presidenciales más cerradas de la historia. Cuando el PRI declaró vencedor a su candidato luego de un fraude muy grande y obvio, Cárdenas respondió con calma en vez de violencia. Su decisión, como muestran Preston y Dillon, jugaría un papel de pivote en la ruptura de un ciclo de destrucción y desesperación.

El presidente Carlos Salinas liberalizó la economía e hizo gestos hacia una apertura política. Pero transmitió sin disimulo métodos autocráticos que eventualmente destruyeron su legado. Cuando los partidos de oposición acumularon evidencias de fraude en las elecciones estatales, por ejemplo, Salinas designó candidatos de ''concertación”, pretendiendo apoyar la democracia mientras escogía personalmente al 60 por ciento de los gobernadores de México.

En 1994, la presidencia pasó al tecnócrata del PRI, Ernesto Zedillo, quien valientemente se propuso reformar a México a pesar de la creciente oposición de los dinosaurios del partido, quienes lo ridiculizaban como un alfeñique. El primer reto de Zedillo – legado de Salinas – fue una economía en crisis; y la fuga de las reservas extranjeras lo forzó a hacer una humillante devaluación del peso. Luego arrestó a su propio zar de la droga, general Jesús Gutiérrez Rebollo por confabularse con narcotraficantes, a sólo nueve semanas de que el jefe antidroga de Estados Unidos proclamó a Gutiérrez ''un hombre de incuestionable integridad''.

Preston y Dillon le dan a Zedillo un amplio y bien merecido crédito por ser el arquitecto de muchas de las reformas políticas que llevaron a la dramática apertura que puso a Fox en el poder. Pero su retrato del presidente de suaves modales y estilo Clark Kent es extrañamente contradictorio; o a lo mejor no tan extrañamente, considerando que uno de los más duraderos misterios de Latinoamérica es la habilidad de acomodar realidades opuestas simultáneamente. ''Zedillo, en su auto-impuesto no involucramiento, entendía muy poco cuán disfuncional se había convertido el sistema del PRI'', escriben ellos, incluso cuando documentan los inmensos esfuerzos de Zedillo por cambiarlo. Ellos lo cuestionan por ser un reformador de instituciones y no de individuos, al mismo tiempo que presentan las luchas de muchos individuos valientes dentro y fuera del gobierno que empujaron para cambiar las instituciones.

De hecho, la explicación central de Preston y Dillon de por qué México finalmente se abrió, yace en la coyuntura creada por tales individuos, tanto poderosos como humildes, que enfrentaron a un sistema que se estaba resquebrajando desde dentro, y es allí donde La apertura de México realmente brilla.

Intelectuales –Fuentes, Octavio Paz, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze– llamaron repetidamente a una reforma. Josefina Ricano, esposa de un rico empresario a la que le secuestraron y asesinaron un hijo, canalizó su pena y rabia en un movimiento cívico que en 1997 unió a mexicanos, sin importar clase y color de piel, para protestar los crímenes. En la frontera, la líder laboral Julia Quiñonez luchó por los derechos de los trabajadores en fábricas de propiedad estadunidense. En 1999, el nieto de un general involucrado en la masacre de Tlatelolco accedió a publicar las memorias de su difunto abuelo donde se descubre la verdad.

Estas historias son el presente y el futuro de México, porque si bien existe desesperación en una larga historia de tragedias, también hay grandes razones para albergar esperanza en las vidas de muchos mexicanos que aparecen es esta crónica, y quienes han destapado secretos y forzado el cambio, desafiando la leyenda de Huitzilopochtli.

* Opening Mexico: The Making of a Democracy. By Julia Preston and Samuel Dillon. Illustrated. 594 pp. New York: Farrar, Straus & Giroux. $30.
** Michele Wucker, miembro del Instituto de Política Mundial, es autora de
Por qué los gallos pelean: dominicanos, haitianos y la lucha por la Española.

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