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La Jornada
Historias de Maquilatitlán
Domingo 1 de julio, 2001

Una derrota con sabor a triunfo

Por Ricardo Hernández

Tener empleos es mejor que no tener nada, repiten sin cesar los defensores de las bondades de la industria maquiladora. El desempleo creciente de estos tiempos les da algo de razón. Pero en la euforia de las cifras se olvidan historias como la que aquí se cuenta, muy común en Maquilatitlán: una empresa que cierra por así convenir a sus intereses y que pasa por encima de las leyes mexicanas, con la ayuda de autoridades y líderes sindicales. Y del otro lado, la historia de la resistencia y el valor de dos obreras que pusieron todo en su intento de conservar su dignidad

Hoy, Carrizo Manufacturing ya no existe. Alguna vez dio empleo a 900 personas. Juany Cázares y Paty Leyva eran dos de ellas.

Juany y Paty cosían camisas de vestir de las marcas John Henry y Manhattan; sobrecamas Disney y Warner Bros.; mamelucos Oshkosh B'Gosh; y pantalones Canyon River Blues, que es propiedad de Sears & Roebuck. Solían trabajar muy acarrilladas por los supervisores, llevando su habilidad manual a velocidades límite. Hacia febrero de 1999 notaron un descenso en la producción. Turnos enteros fueron suspendidos, primero días, luego semanas.

La fábrica estaba en Piedras Negras, Coahuila. Ahí vivían Juany Cázares y Paty Leyva, cada una con esposo y tres hijos. Un millón 331 mil, 717 vidas, más las de Juany y Paty, son el número que INEGI contó hasta el 31 de diciembre de 2000 de personas que trabajaban en 3 mil 703 maquiladoras de exportación como Carrizo. Aproximadamente 50% del total de las exportaciones mexicanas es producido con sudor maquilador.

Carrizo era una subsidiaria propiedad de la Corporación Salant que tiene su sede en la ciudad de Nueva York. Los manufactureros textiles y de ropa, que enfrentan un ambiente muy competitivo como resultado del desmantelamiento global de las barreras comerciales, están constantemente reestructurando sus operaciones: compran y venden negocios; obtienen o dan licencias de marcas nuevas y descontinúan otras; subcontratan su manufactura; se mudan de país a país; se reposicionan en los mercados globales; enfocan sus líneas de productos.

*Charro, gobierno y patrón, apergollados
A medida que transcurrían las semanas, los trabajadores de Carrizo veían reducirse no sólo sus horas de trabajo, sino también sus ingresos, ya que estaban siendo pagados al 50%. Juany Cázares, Paty Leyva y la base trabajadora de Carrizo comenzaron a movilizarse. La lucha era también contra reloj: se acrecentaban los rumores de que la compañía se declararía en quiebra.

Primero encararon, y en seguida rebasaron, a la líder de su sindicato, Eréndira Chavarría, quien en lugar de apoyar a los trabajadores, los urgía a entender los problemas financieros de la compañía. Ella, los gerentes de Carrizo y las autoridades laborales locales estaban amarrando una triple alianza con el fin de pagar lo menos posible de indemnizaciones.

Mientras los gerentes manipulaban sus cálculos para eliminar los rubros y cantidades a que los trabajadores tenían derecho, los empleados de Carrizo hacían sus propias cuentas ya que muchos de ellos, desde meses e incluso años atrás, habían participado en el Comité Fronterizo de Obreras (CFO). Miles de trabajadores, ayudados por miembros de esa organización de base, han logrado innumerables beneficios en pequeñas y grandes empresas, desde aumentos de salarios y pago justo por indemnizaciones y repartos de utilidades, hasta eliminar peligros en el trabajo o frenar comportamientos inapropiados por parte de supervisores.

Juany y Paty tenían en Carrizo Manufacturing 13 y cinco años, respectivamente. A ellas les gustaba trabajar allí porque esa maquiladora tenía mejores salarios y prestaciones en comparación con la mayoría en la frontera. Esas ventajas existían no porque los gerentes fueran muy comprensivos, sino porque la base trabajadora había luchado incesantemente, durante años, para mejorar su contrato colectivo de trabajo y asegurar que sus beneficios se hicieran realidad, con o sin el apoyo de los líderes sindicales en turno. Juany y Paty fueron parte importante de ese esfuerzo colectivo que, en parte por su perfil bajo, fue efectivo.

Pero ahora estaban en 1999 y era momento de hacer un esfuerzo extra, y además, visible. Durante más de 30 días, ellas y muchos otros miembros del CFO se reunieron con cientos de sus compañeros de trabajo, a veces uno por uno, para hacerlos conscientes del engaño que se estaba fraguando.

*Transota ejecutiva
Leyendo los reportes oficiales que la propia Salant remite a la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) del gobierno de Estados Unidos, supimos que era cierto que la compañía había buscado protección bajo el Capítulo 11 de la llamada Corte de Quiebras, pero con la idea de reestructurar sus finanzas y negocios. No significaba el fin del mundo, como se estaba difundiendo entre sus trabajadores. Como parte de esa reestructuración, había decidido enfocarse en su línea de ropa para hombre Perry Ellis y vender su grupo de ropa infantil, así como también otras licencias y centros de distribución en Estados Unidos. Esa era la razón detrás del cierre de Carrizo, no una total bancarrota, porque sus problemas financieros serían resueltos con una línea de crédito de 85 millones de dólares otorgados por un grupo de servicios comerciales.

El CFO utilizó la información obtenida por sus apoyos del otro lado de la frontera en reuniones y en las guardias que hicieron afuera de la planta. Parte de la campaña del CFO para denunciar las acciones de Carrizo fue hacer llamadas telefónicas diarias a un programa de radio en Piedras Negras. Una pequeña batalla radiofónica se desató para contrarrestar la falsa información difundida por la gerencia y líderes sindicales.

Carrizo Manufacturing cerró sus puertas en marzo de 1999 y en el mismo mes aparecieron en la entrada de la planta las listas con los nombres de los trabajadores y el monto de cada indemnización. Esas cantidades eran hasta 75% menores a lo que los trabajadores tenían derecho. La compañía no sólo estaba violando la Ley Federal del Trabajo, sino también contradecía sus propios documentos oficiales que afirmaban que su reestructuración "no afectaría la capacidad de la compañía de cumplir con sus obligaciones ante clientes, proveedores y empleados".

La gerencia informó que los trabajadores sólo tenían unos cuantos días para recoger sus cheques. En ese momento, cerca de 400 trabajadores buscaron convencer a los restantes 500 de no recoger los cheques para poder preservar el derecho de demandar el pago completo de indemnización, si bien la mayoría necesitaba dinero con urgencia después de dos meses de cobrar la mitad del salario.

Fueron momentos de mucha tensión. La gran mayoría estaba de acuerdo en la importancia de resistir, pero también tenía el temor fundado de que Salant pudiera dejar el país sin pagar nada a los trabajadores, como había amenazado la gerencia local con anterioridad. Al final, los 900 trabajadores acordaron aceptar los cheques y continuar su lucha a través de otras vías.

Al momento de recoger sus indemnizaciones en la Junta de Conciliación y Arbitraje, los trabajadores tuvieron que firmar una lista con su nombre y la cantidad de cada cheque. Esta lista, según la junta, era para dar constancia de recibido.

*La verdad en su cara
La estafa se había materializado. Un ejemplo: doña Antonia Figueroa, que había trabajado 27 años para Carrizo, recibió una indemnización de 36 mil pesos. De acuerdo con los cálculos del CFO, a ella le correspondían legalmente 181 mil. Muchos otros estaban en la misma situación. La aritmética torcida de la compañía perjudicó especialmente a los trabajadores con más antigüedad. Peor aún, Juany y Paty, no sin antes forzar a la junta de conciliación a mostrarles el expediente del caso, vieron que a la lista firmada por los trabajadores se le había adjuntado posteriormente y en secreto una carta que expresaba que los firmantes renunciaban voluntariamente a trabajar en Carrizo y por lo tanto renunciaban también al derecho de presentar cualquier acción legal en contra de la compañía.

No obstante, 185 trabajadores acordaron reunir su documentación y entablar en México una demanda contra la Corporación Salant. Además decidieron que Juany, Paty y Julia Quiñónez, también miembro del CFO, fueran a Nueva York para tratar de ver a los ejecutivos de más rango de Salant. En su agenda también incluyeron hacer presentaciones públicas en Washington, Filadelfia y Nueva York. En la capital del país también serían recibidas por miembros del Congreso de Estados Unidos.

Al principio, la compañía declinó "respetuosamente" la posibilidad de tal reunión. Por otra parte, algunos abogados e incluso activistas laborales preguntaron a las mujeres del CFO por qué querían reunirse con los ejecutivos de Salant si ya habían firmado sus propias renuncias. Además, ¿de qué se quejaban?, los trabajadores de Carrizo ganaban más o menos 900 pesos semanales, muy por arriba del promedio de 350 o 400 que percibía la mayoría de los trabajadores de maquiladoras de exportación en todo México. Paty y Juany respondían que ellas no sólo querían una indemnización justa, sino sobre todo que los ejecutivos se dieran cuenta de que los trabajadores sabían muy bien que la compañía los había engañado a la mala. En pocas palabras, querían decirles la verdad en su cara.

*Reunión "de familia" en Nueva York
Cuando llegamos a Nueva York, el 18 de octubre de 1999, Salant seguía en su negativa. La única opción en ese momento para Juany, Paty y Julia parecía ser irse a plantar con cartelones a la avenida de las Américas 1114, donde está Salant.

Dos noches después, un vicepresidente del sindicato UNITE! de trabajadores de la costura habló por teléfono con Michael Setola, presidente ejecutivo de Salant. Setola también había recibido un fax del Congreso llamándolo a reunirse con las mexicanas.

La compañía tuvo que ceder, aunque quizás para evitar alguna repercusión legal, los ejecutivos decidieron ir ellos mismos a las oficinas de UNITE! en Manhattan y citarnos ahí, no en la compañía. Nosotros esperábamos solamente a su vicepresidente Louis Matielli, quien antes había afirmado que sólo escucharía a las trabajadoras pero que no negociaría nada. Pero Matielli llegó acompañado del mismísimo Michael Setola.

Una actitud agresiva de Setola y Matielli puso inicialmente nerviosas a Juany y Paty. Ellos parecían estar retando a abogados de una corporación rival. Sin embargo, las representantes de los despojados no sólo no se dejaron intimidar, sino que de manera firme dijeron su sentir. Reflexionando sobre sus 13 años en Carrizo, Juany comentó: "el ex gerente americano en Carrizo siempre nos decía: 'Quiero que todos se sientan a gusto aquí, porque somos una familia', y yo le creía, y por esa razón yo siempre hacía un 200% de cuota de producción para la compañía. Es por eso que creo que la indemnización que recibimos no fue justa".

Julia habló de doña Antonia Figueroa y de los muchos fieles empleados que dieron buena parte de sus vidas a Salant y que fueron los más afectados por las famélicas indemnizaciones. Setola le bajó a su tono agresivo a medida que iba escuchando a las mujeres, aunque sólo dijo que iba a investigar el caso de los 185 trabajadores y que tomaba conocimiento de la petición de que él diera una compensación extra.

No obstante, al final Michael Setola -un ejecutivo que en el 2000 ganó un salario base anual de 700 mil dólares y obtuvo un bono de 650 mil (que juntos son igual a 271 veces el salario anual de Juany Cázares); a quien se le proporcionó una mensualidad por vivienda de 3 mil dólares y otra de 680 para su automóvil, más opciones bursátiles de Salant- no compensó a doña Antonia Figueroa ni a nadie más.

*Aquí, allá y acullá
Como las juntas de conciliación locales y estatales han probado ser con mucha frecuencia títeres de los intereses de las maquiladoras, no fue sorpresa que en abril de 2001 las autoridades laborales hayan dado un fallo negativo a la demanda legal en contra de Carrizo. Argumentaron que no había fundamento para resolver a favor de los demandantes.

Hoy, dos años después del cierre de Carrizo Manufacturing, sus 900 ex trabajadores están en uno de tres lugares: en Piedras Negras trabajando para otras maquiladoras; de regreso en sus pueblos del interior de México; o en Estados Unidos, adonde se vieron forzados a emigrar para poder mantener a sus familias, como recientemente fue el caso de la propia Juany Cázares. Quién sabe si para siempre, pero por lo pronto ella y su familia viven y trabajan ahora en algún lugar de Texas.

Muchos de quienes permanecieron en Piedras Negras encontraron trabajo en Dimmit Industries, una maquiladora que hace pantalones Dockers. El 28 de junio de 2000, luego de una serie de paros laborales, los mil 500 trabajadores de Dimmit forzaron al líder del sindicato cetemista, con el pesar de los gerentes que lo apoyaban, a convocar a una asamblea del sindicato, donde la mayoría eligió democráticamente a un nuevo secretario general (ver Masiosare 146, 1o. de octubre de 2000). Los ex Carrizos, ahora convertidos en trabajadores de Dimmit, estaban de nuevo en acción, incluyendo a Juany y Paty, quienes se divertían visitando afuera de la fábrica a sus amigas y compañeros que buscaban su asesoría.

*¿Cómo se mide el éxito?
A veces se escucha que a las fundaciones y agencias para la cooperación internacional les gusta recibir propuestas de otorgamiento de fondos que incluyen indicadores verificables de logros y una manera cuantitativa de medir el éxito. Entre más concreto, mejor, algo así como construir un nuevo canal de irrigación, o reformar una ley específica. Sin embargo, la enorme tarea de desafiar a las fuerzas que dominan el capitalismo global es muchas veces poco tangible, casi invisible. No únicamente se manifiesta en las calles de Seattle, Cancún o Quebec. No obstante, aquellos esfuerzos tienen alcances profundos en las vidas de los más afectados por los impactos negativos del capitalismo.

Lo que Juany y Paty aprendieron sobre su propio poder y capacidad para hacerse escuchar y denunciar una injusticia fue muy importante para ellas y sus compañeros; si no, que los digan los trabajadores de Dimmit Industries. Una transformación en positivo fluye de la percepción íntima de que la dignidad propia y el autorrespeto han salido fortalecidos de una batalla, por quijotesca que ésta parezca.

Juany Cázares y Paty Leyva saben que nunca recibirán lo que de manera tan deshonesta les fue escamoteado a ellas y a su gente, pero están orgullosas de haber luchado de la mejor manera que pudieron. Y eso tuvo sabor a triunfo.*

 

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www.cfomaquiladoras.org es producido en colaboración con el

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