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America@work

Diciembre 2003

Alto al ALCA

(Extractos)

“Teníamos que marchar”

Marchando por las calles de Miami el 20 de noviembre, más de 20 mil sindicalistas, ambientalistas y activistas demostraron que la oposición a los efectos de la globalización atraviesa fronteras geográficas, raciales y políticas. Maestros marcharon al lado de estudiantes; metalúrgicos de Estados Unidos caminaron al lado de metalúrgicos de Brasil; y trabajadores de maquiladoras de México se unieron con presidentes de sindicatos estadunidenses.

Gritando “No al ALCA”, y “ALCA, no te lleves nuestros trabajos”, los manifestantes marcharon pacíficamente y sin incidentes entre una falange de policías en trajes antimotines en cada esquina. Más de 2,500 policías se juntaron para los eventos en Miami, pagados con unos $16.5 millones de dólares, incluyendo $8.5 millones de una medida especial de la seguridad interna aprobada por el Congreso. La policía regresó o desvió al menos 13 de 25 autobuses llenos de retirados que iban al anfiteatro antes de la marcha. Aunque la marcha promovida por los sindicatos fue pacífica, los sindicalistas y personal de AFL-CIO dicen que fueron atacados con gas lacrimógenos y con balas de goma al terminar la marcha.

“Teníamos que marchar”, dice Sondra Kelly, una miembro de la Alianza para los Retirados Americanos, de Júpiter, Florida. “Ellos continúan llevándose nuestros trabajos a otros países y contaminando el medio ambiente en todo el mundo. Si esto no se detiene, los trabajadores de Estados Unidos no podremos comprar los productos que ellos hacen, porque aquéllos estarán todos en la beneficencia pública, pero no habrá dinero de impuestos para pagar por los servicios sociales”.

Larry Lewis, miembro del Local 182 de UAW en Detroit, dice que él tomó parte en los eventos para detener el ALCA porque “no es correcto que el gobierno use el dinero que los trabajadores están pagando en impuestos para enviar sus trabajos a otros países y permitir a las compañías explotar trabajadores”.

Para Lawrence Johnson, el asunto es de sobrevivencia básica. “Si las compañías envían nuestros trabajos fuera del país, entonces cómo se supone que va a vivir la gente?, pregunta Johnson, un miembro del Local 478 de los Laborers, en Miami.

“Yo sólo he estado en el sindicato un año, pero puedo ver que no es justa la forma en que se toman nuestros trabajos y los entregan afuera”, dice Jorge Pérez, una miembro del Local 478 de Pintores y Comercios Similares en Miami.

El Presidente de AFL-CIO John J. Sweeney, el secretario-tesorero Richard Trumka y la vicepresidente ejecutiva Linda Chavez-Thompson tomaron parte en los eventos de la semana. A ellos se les unieron otros líderes sindicales como Edwin Hill, presidente de los electricistas; Cecil Roberts, presidente de los mineros; Tom Buffenbarger, presidente de los maquinistas; Andrew Stern, presidente de SEIU; Leo Gerard, presidente de los metalúrgicos; Ron Gettelfinger, presidente de los automotrices; y Bruce Raynor, presidente de UNITE.

El tamaño de la marcha y su diversidad fue importante debido a que envió un mensaje a las familias trabajadoras de que los sindicatos y sus miles de aliados en todo el hemisferio están “junto a tí, peleando a tu lado y marchando contigo” para asegurar que no habrá un ALCA, dice el secretario-tesorero Richard Trumka.

Los trabajadores pagan el precio de malos acuerdos comerciales

Los trabajadores a todo lo largo de las Américas se oponen al ALCA porque saben que ellos pagan el precio del libre comercio, dice Francisca Acuña Hernández, quien trabaja en una maquiladora en Reynosa, México, y fue una de las cuatro oradoras de Centro y Sudamérica en el Foro Global de Trabajadores. Las maquiladoras son fábricas de propiedad extranjera que típicamente emplean a mujeres trabajadoras por bajos salarios en condiciones de explotación.

“Trabajar en una maquiladora es como una esclavitud”, dice. “Te humillan. Ellos te quitan tus derechos, y no tienes seguridad en el empleo. Las compañías de Estados Unidos vienen a México a violar los derechos de los trabajadores. Todo se debe al TLC, y el ALCA sólo haría las cosas peor”.

Antes de que los gobiernos acuerden tratados comerciales, deberían consultar a aquellos que son afectados, los pobres y los trabajadores, dice Salvador Estrada, quien perdió su trabajo como empacador con Pillowtex en Kannapolis, Carolina del Norte cuando la compañía se declaró en quiebra este año porque no podía competir con importaciones de textiles baratos. El cierre de Pillowtex puso a 6,450 personas en la calle. De hecho, desde abril, el país ha perdido casi 50 mil trabajos textiles y de ropa, de acuerdo al Instituto de Manufactureros Textiles Americanos, una asociación de la industria.

Estrada se mudó de California a Carolina del Norte hace cinco años en busca de trabajo después de que el mercado laboral se colapsó allá. “Ahora no sé lo que voy a hacer”, dijo. “No hay trabajos. Yo tengo niños pequeños y no tengo seguro médico. Tenemos que detener el ALCA antes de que genere más miseria”.

Allen Long, un miembro de USWA de Hobart, Indiana, y Edson de Santana, un metalúrgico brasileño, enfatizaron que los trabajadores deben estar involucrados en las pláticas comerciales. “Nuestros gobiernos deben mostrarnos respeto y darnos el derecho de formar sindicatos”, dijo De Santana. Long dice que incluir a líderes sindicales en los páneles que desarrollan políticas comerciales daría voz a aquellos que ahora no la tienen, y crearía una presión aún más fuerte para poner reglas ambientales más estrictas y medidas para elevar el nivel de vida de los trabajadores.

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